Es un día cualquiera de la semana, abro los ojitos, suspiro y miro el reloj. ¿La hora? Aún es de noche, las 6 y 20. "Es temprano" me dije, y me volví a acurrucar entre la suavidad de las sábanas, felizmente. Quisiera vivir aquí en mi cama para siempre, montar mi propio imperio de sueños, con mi música, mi sol y mi gente. Habría casas con jardines inmensos, rodeadas por plantas de mil colores adornando calles, todas peatonales, donde los niños jueguen hasta el ocaso con muñecas, coches... juguetes de antaño. Ya conquistándome el gran morfeo alado, las imágenes se van disolviendo, poco a poco, y lo último que me imagino antes de caer rendida en sus confortables brazos, es más bien un dulce recuerdo de ti y de mi, cogidos de la mano, perdidos en nuestro propio mundo. Y pienso entonces: ¿Y quién dijo que soñar sólo se podía hacer en la cama? Entonces te abrazo despacito, tú me acercas más a ti, y plácidamente seguimos durmiendo...