Adiós
Adiós,
dulce dueño de mi alma,
que
tengas un buen viaje de vuelta
a
las tierras que te vieron nacer.
Yo
aquí te voy a echar de menos,
pero,
¿qué se le puede hacer?
Estos
días me has hecho ver
todo
lo bueno que tiene la vida,
y
gracias te doy por ello.
¿Sabías
que nunca estuve
tan
feliz como cuando llegaste?
Esos
besos en la montaña,
escondidos
del mundo real;
las
caricias en el parque,
viendo
el anaranjado atardecer
del
cálido sol de verano;
y
las canciones de amor
que
ambos dulcemente escuchábamos
abrazados
en la cama…
Jamás
olvidaré este pequeño
Jardín
del Edén que construimos
entre
los grandes muros del tiempo.
Y
ahora lloramos…
Lloramos
porque hasta dentro
de
un eterno año
no
podremos repetir…
Iré
contando los días hasta tu vuelta,
al
igual que tú contarás los tuyos,
y
aunque al principio sintamos
un
vacío extremadamente grande,
piensa,
mi vida, mi niño,
que
la esperanza pronto nos iluminará,
con
otros maravillosos siete días más…
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