La no excursión a Bolonia

Hoy he visto de casualidad en Facebook una foto de Bolonia, Cádiz. Me ha recordado un episodio que a día de hoy aún me duele.

Estaba en el instituto. No recuerdo el curso, pero creo que era 2º de la ESO. Estaba muy contenta porque íbamos a ir a Bolonia de excursión. Me apetecía ir a ver las ruinas romanas. Había que ir vestido de romano y yo pensaba cómo iba a presumir de traje con mis amigos, ya que me mi madre era (y es) modista y sus disfraces siempre han sido preciosos.

Mi primera decepción me llegó cuando mis dos únicos amigos de clase me dijeron que no iban a ir. No entendía por qué no querían, ¡si iba a ser genial! Aún así decidí no echarme atrás y le pedí a mi madre que empezase a coser el disfraz de romana. Yo la ayudaba a ratos a elegir decoraciones para el traje y durante varias tardes nos dedicamos a hacer pruebas de vestuario: ahora hay que cortar por aquí, hay que meterle de aquí, vamos a colgar estas piedritas en el hombro, estas sandalias le van divinas al vestido...

Finalmente, quedó un disfraz sencillo a la par que monísimo. ¡Parecía una verdadera romana con él! Habíamos elegido hasta un collar para llevar a juego con las piedrecitas del hombro.

Pero... Algo pasó y no pude siquiera estrenar el vestido.

Esos días me estaban haciendo la vida imposible en clase. Burlas, risas a mis espaldas, insultos, escupitajos, menosprecios e incluso alguna agresión física leve. Me sentía hundida y rota por dentro. Cada día más. La chica que recogía el dinero para la excursión era una de las que se encargaba de hacer mi vida un poco más miserable cada vez que ponía el pie en el instituto. Yo quería ir a la excursión, pero eso significaba tener que aguantar a esa panda de palurdos durante todo el día. Recordemos que ninguno de mis amigos iba a ir, así que no tendría manera de escapar de sus insultos. No tendría a nadie que me agarrase del brazo y me apartase, literalmente, de sus palabras. Riéndose de mí y mirándome con superioridad, se me acercó la chica a pedirme el dinero. Fue entonces tomé la decisión. "No voy a ir", le dije. Se molestó mucho, me amenazó con que tendría que pagar aunque no fuera porque estaba en la lista apuntada. Básicamente le contesté que no iba a pagar un duro y que no iba a ir. Aunque replicó muchas cosas y empezó a decir estupideces, me dio igual. Se fue sin mi dinero para la excursión. Y a mí me dio una punzada en el pecho. Me preocupaba más la reacción de mi madre al decirle que, tras tardes enteras preparando el traje, al final no iba a ir a la excursión.

Me inventé una excusa: que me daba vergüenza ir disfrazada, que mis amigos no iban a ir y no quería ir sin ellos. Mejor eso que decirle que su hija estaba siendo el blanco de las dos clases que había en la ESO y que no iba por no aguantar a todos esos gilipollas que no me dejarían disfrutar de nada. Yo realmente me moría de ganas de ir y ver todas aquellas ruinas. ¡Con lo mucho que me gustaban a mí todas esas cosas! Y más disfrazada con ese traje tan bonito...

Llevo con esa espinita clavada desde entonces. Esa gente destruyó mi autoestima de tal manera que dejé pasar un viaje que seguro hubiera sido inolvidable si las circunstancias hubieran sido diferentes.

 Y ese traje jamás salió de la caja de los disfraces. Lo siento, mamá.

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