Despedida en la noche
El rojizo atardecer es preludio
de lo que aún está por suceder.
Lágrimas de dolor
descienden por mis mejillas,
y en las ya alargadas sombras
de mi tenuemente iluminada habitación
van a morir.
Me giro y recorro tristemente
lo que al amanecer había sido mi casa,
y que la noche, al caer,
convertiría en mi tumba.
Cojo un cuaderno cualquiera,
arranco una hoja,
y escribo una última carta,
en la que regalo mi esperanza
a la única persona
que ,quizás de verdad, quiso
a este alma sin dueño,
perteneciente a un corazón sincero,
que lo único que en su muerte anhelará
será la paz
que solo un amor como el tuyo
le pudo proporcionar.
Al terminar el pequeño
pero emotivo escrito,
en el que todo mi amor pude dejar,
sello el final con un beso
que ahí grabado quedará,
quizás, para toda la eternidad.
Cierro fuertemente los ojos
pues, antes de empezar
lo que haría a mi vida acabar,
quisiera que lo último
que pudiera imaginar
fuera tu dulce sonrisa
para así poder ir en paz.
Siento el tacto frío de la plata
hundida en mi piel…
y luego: silencio.
El grito de desesperación de mi alma
se desvanece,
al igual que el continuo golpeteo
de los moribundos latidos de mi corazón.
Solo el incesante goteo de mi sangre
contra el frío mármol
interrumpen el sepulcral silencio,
que debía ser el pésame de la noche:
la única testigo de mi partida…
de lo que aún está por suceder.
Lágrimas de dolor
descienden por mis mejillas,
y en las ya alargadas sombras
de mi tenuemente iluminada habitación
van a morir.
Me giro y recorro tristemente
lo que al amanecer había sido mi casa,
y que la noche, al caer,
convertiría en mi tumba.
Cojo un cuaderno cualquiera,
arranco una hoja,
y escribo una última carta,
en la que regalo mi esperanza
a la única persona
que ,quizás de verdad, quiso
a este alma sin dueño,
perteneciente a un corazón sincero,
que lo único que en su muerte anhelará
será la paz
que solo un amor como el tuyo
le pudo proporcionar.
Al terminar el pequeño
pero emotivo escrito,
en el que todo mi amor pude dejar,
sello el final con un beso
que ahí grabado quedará,
quizás, para toda la eternidad.
Cierro fuertemente los ojos
pues, antes de empezar
lo que haría a mi vida acabar,
quisiera que lo último
que pudiera imaginar
fuera tu dulce sonrisa
para así poder ir en paz.
Siento el tacto frío de la plata
hundida en mi piel…
y luego: silencio.
El grito de desesperación de mi alma
se desvanece,
al igual que el continuo golpeteo
de los moribundos latidos de mi corazón.
Solo el incesante goteo de mi sangre
contra el frío mármol
interrumpen el sepulcral silencio,
que debía ser el pésame de la noche:
la única testigo de mi partida…
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