Desaparecer en una noche oscura
Desaparezcamos del mundo esta noche.
Apaguemos todo y vayámonos juntos a un lugar oscuro, apartado, donde no llegue
ni siquiera la luz lejana del pueblo. Simplemente esfumémonos. Quiero sentarme
en la arena, a contemplar las olas, mientras el viento salado y húmedo del mar
acaricia mi rostro bañado en lágrimas…
¿Qué por qué lloro? Porque aquí puedo hacerlo
sin que ninguna mirada, ya sea de compasión o de burla se pose en mí, sin que
un desconocido haga juicios o se monte una historia en la cabeza sobre lo que
me podría haber pasado para estar llorando así, en silencio. Porque aquí no
tengo ni siquiera que guardar silencio. Sólo estamos tú y yo, y sé que tú no me
vas a preguntar el por qué de mis lágrimas. Además que bien sabes que no te
podría dar una respuesta, pues muchas veces no la hay.
Sería muy hipócrita por mi parte decir que no
siento miedo, pues lo siento, solo que no lo demuestro. Es un miedo que corta
la respiración. Un miedo que si no se controla, te puede llevar a la locura y
guiar tus pasos por el camino de la perdición hasta el barranco de la
desesperanza.
Se alza amenazante, con sus garras de marfil
negro, tan afiladas como el dedo del toque de la muerte, intentando llegar cada
vez más alto, mientras a su vez va echando raíces en lo más profundo de mi ser…
Pero tú con una sola palabra eres capaz de
frenarlo y serenarlo para que no siga avanzando. Y a la vez eres capaz de darle
alas y que por un momento reine un caos apocalíptico en el que sólo haya
flechas envenenadas hiriendo cada ápice de buenos sentimientos, y dejando
inconsciente a la felicidad que normalmente reina en mi corazón…
Y luego… la calma. Reina la calma de nuevo.
Las hojas caen y se posan sobre el suelo, despacio, y quedan inertes. Se para
el tiempo, la vida, la muerte, el mundo. Y poco después empieza a amanecer…
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