Crónicas de mi viaje a Turquía (II): Estambul (parte 1)

            El hotel en el que nos hospedamos en Estambul, estaba bastante cerca de la basílica de Santa Sofía y de la Mezquita Azul. Era un hotel mediano, ni muy grande, ni muy pequeño. Eso sí, era bastante viejo y un poco cutrecillo, pero ¿qué podíamos pedir? No teníamos mucho presupuesto y tampoco queríamos gastar demasiado, ya que sólo con la compañía que nos hacíamos mutuamente, era suficiente.
            Nuestra habitación era pequeña, con dos camas, un par de lámparas y una ventanita pequeña. No era gran cosa, pero a nosotros nos servía. ¡Estaba en Estambul! Eso ya de por sí, era para mí un lujo.
            La primera noche, salimos a dar un corto paseo para que nos diera un poco el aire, ya que yo venía muy ahogada por haber estado tanto tiempo encerrada, primero en el bus, luego en el aeropuerto, y luego en el avión. Salimos del hotel tranquilamente, y entonces me di cuenta de que, a pesar de ser Estambul casi una capital, el ambiente nocturno era bastante más tranquilo que a lo que había estado siempre acostumbrada. No apenas media noche, y no había ni dios, al menos no en esa zona. Después de tomar el aire volvimos al hotel a pasar la noche y descansar para las excursiones de los días siguientes.
            Los días que pasamos en Estambul fueron increíbles. De día, las calles estaban repletas de gente de todo tipo: familias, hombres y mujeres haciendo sus quehaceres, grupos de turistas, de amigos, parejitas, etc. Todo era un ir y venir de personas de un lado a otro. Lo que más me gustó fue la diversidad de culturas diferentes que vi reflejadas en todas esas personas. Había chicas jóvenes que no vestían muy distinto a como visto yo; mujeres con vestidos coloridos que llevaban velo, o que no lo llevaban; otras llevaban incluso el típico niqab que llevan sobretodo las mujeres de los países del Golfo, que es un vestido negro entero, un velo que cubre toda la cabeza y también la cara, permitiendo que solo se vean los ojos; hombres vestidos con túnicas anchas de colores blancos o beige; turistas vestidos de turistas (ya se sabe que los turistas tienen un look con el que hacen ver a la primera que no son de la zona); chavales con vaqueros y camisetas, con el pelo de punta la mayoría que vi, etc., etc., etc..
            Me encontré con muchísimos españoles que iban de a pasar unos días de vacaciones allí. Me sorprendía bastante al principio encontrarme con gente hablando español por ahí, pero al final me acostumbré. Aunque aún ahora me sigue resultando curioso. A pesar de todo, los turcos me confundían con una chica turca más. Bien podría ser por dos razones: que no tenía pintas de turista, o bien que al ir con un chico turco, pues supusieran que yo también lo era. Todavía no sé cuál de las dos es la razón, pero me inclino más por la segunda. Sólo un chico en una tienda adivinó que era española a la primera y sin preguntarme nada, solamente de vista. ¡A saber por qué!
            Al no tener el hotel ni a media pensión ni a completa, siempre íbamos a comer fuera. Debo admitir que volví a España con unos 4 kilitos de más, pero es que la comida de allí es increíble!!! El kebab que sirven aquí, apenas tiene que ver con el que hacen allí, pues aquí pocas maneras hay de que te lo sirvan, pero allí había mil y una maneras de hacerlo. Además que probamos las delicias turcas y demás dulces típicos de allí. También me hinché a beber Ayran, una bebida hecha con yogur líquido, limón y sal. Vamos, que hambre no pasé ni un momento.
            Me llamó la atención el Gran Bazar, un mercado enorme lleno de tiendas con cachimbas, alfombras, joyas diversas, lámparas, vestidos, pañuelos, etc. Era una mezcla de olores y colores muy llamativa, que hacía un contraste muy atractivo para todos mis sentidos. Había que poner en práctica el arte del regateo, para que comprar cosas allí no fuera un disgusto demasiado grande para nuestra cartera. Por suerte, tenía ayuda de primera mano, y pude comprar todos los regalos que quería traer a España para mis allegados sin tener que vaciar del todo los bolsillos.
            Sin duda, las calles de Estambul me enamoraron, aunque no fueron las únicas cosas de allí que aún me hacen suspirar aquí… Pero eso lo explicaré un poco más adelante ;) :D

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